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La salud emocional de niños y adolescentes, uno de los mayores desafíos del sistema educativo peruano

Expertas reunidas en Foro UNIR coinciden en que la escuela debe asumir un papel decisivo como espacio de protección, prevención y acompañamiento, reforzando la formación de los docentes y el trabajo conjunto con las familias.

Los 7 puntos claves del Foro UNIR

  1. La escuela como espacio protector: La escuela debe asumir un papel protagonista en la prevención de los problemas de salud mental, ofreciendo un entorno seguro donde los estudiantes puedan expresar sus emociones y recibir acompañamiento antes de que las dificultades se agraven.
  2. La formación emocional del profesorado: Capacitar a los docentes en educación emocional les permite identificar señales de alerta, comprender el origen de determinadas conductas y aplicar estrategias que favorezcan el bienestar de sus alumnos.
  3. La importancia de las familias: El bienestar emocional comienza en el hogar. La colaboración permanente entre familias y docentes resulta imprescindible para detectar necesidades, reforzar estilos de crianza positivos y acompañar el desarrollo de niños y adolescentes.
  4. La tutoría como herramienta educativa: Las horas de tutoría deben ir más allá del seguimiento académico para convertirse en espacios de escucha, confianza y acompañamiento socioemocional de cada estudiante.
  5. La coordinación entre educación y salud: La colaboración entre ambos sectores facilita la detección temprana de problemas, la orientación a docentes y familias y la derivación de los casos que requieren atención especializada.
  6. La necesidad de más recursos especializados: La escasez de psicólogos en los centros educativos continúa siendo uno de los principales retos del sistema educativo peruano y obliga a reforzar los programas de prevención.
  7. El autocuidado del docente: Los profesores también necesitan desarrollar competencias para gestionar sus propias emociones, prevenir el desgaste profesional y convertirse en referentes de equilibrio emocional para sus estudiantes.

Maestría en Educación Emocional

La salud emocional ya no puede considerarse un aspecto secundario dentro del sistema educativo. El aumento de los problemas de salud mental entre niños y adolescentes, agravados por las consecuencias de la pandemia, las dificultades familiares y la escasez de recursos especializados, obliga a replantear el papel de la escuela como un espacio de protección y cuidado. Esta fue una de las principales conclusiones del Foro UNIR ‘La escuela que cuida: cómo gestionar la salud emocional en el aula’, en el que especialistas de distintos ámbitos analizaron la realidad peruana y coincidieron en que formar a los docentes en educación emocional constituye una de las herramientas más eficaces para prevenir problemas futuros.

En el encuentro participaron Jorge Heili, periodista y moderador del foro; Isabel Solana Domínguez, directora del Máster en Educación Emocional de UNIR; Gloria Elena Huarcaya Rentería, profesora del Instituto de Ciencias para la Familia de la Universidad de Piura; y María Coronel Altamirano, responsable del programa Salud Mental en tu Cole del Ministerio de Salud del Perú. Desde la universidad, la investigación y la Administración pública, las tres expertas ofrecieron una visión complementaria sobre los retos que afronta la escuela para convertirse en un verdadero entorno protector de la salud emocional.

Más de 700 personas siguieron un evento que puso el foco sobre una realidad cada vez más visible en las aulas peruanas. El aumento de los problemas de ansiedad, estrés, aislamiento o dificultades de convivencia ya no puede abordarse únicamente desde una perspectiva académica. La educación emocional aparece como una necesidad transversal que implica a profesores, familias, Administraciones públicas y profesionales sanitarios.

La escuela, primer espacio de protección emocional

La intervención de Gloria Elena Huarcaya dibujó un amplio retrato del contexto social peruano y de los factores que están influyendo en el bienestar emocional de niños y adolescentes. La investigadora recordó que numerosos estudios muestran un deterioro progresivo de la salud mental entre la población joven y advirtió de que muchas de estas dificultades tienen su origen en el entorno familiar y social.

Entre los datos expuestos, destacó que cuatro de cada diez jóvenes peruanos de entre 18 y 30 años presentan ya dificultades clínicas relacionadas con su salud mental. A ello se suman las consecuencias que dejó el prolongado cierre de los centros educativos durante la pandemia, una situación que incrementó los niveles de ansiedad, tristeza e irritabilidad entre la población escolar.

“La escuela se convierte en una primera línea de contención”, afirmó Huarcaya, quien defendió que el profesorado mantiene una posición privilegiada para detectar cambios emocionales porque comparte con el alumnado muchas horas de convivencia diaria y genera relaciones de confianza tanto con los estudiantes como con sus familias.

La especialista insistió en que el docente no solo transmite conocimientos, sino que también observa comportamientos, escucha preocupaciones y puede identificar señales de alerta antes incluso que otros profesionales. Esa cercanía convierte a la escuela en uno de los principales factores de protección frente a los riesgos asociados al deterioro de la salud mental.

Gloria Elena Huarcaya Rentería, profesora del Instituto de Ciencias para la Familia de la Universidad de Piura.

Un contexto marcado por la vulnerabilidad familiar

Uno de los aspectos que más preocupación generó durante el foro fue la evolución de las estructuras familiares y su impacto sobre el desarrollo emocional de niños y adolescentes. Según explicó Huarcaya, el aumento de los hogares monoparentales, la inestabilidad familiar y las situaciones de pobreza están configurando escenarios especialmente vulnerables para la infancia.

A ello se añade la elevada incidencia de la violencia intrafamiliar y las dificultades económicas que afrontan numerosos hogares peruanos. “Si los hogares no brindan esa calidez y esa seguridad suficiente que el niño necesita, las escuelas deberían convertirse en ese espacio de contención y de seguridad”, defendió la investigadora.

La experta llamó también la atención sobre otro fenómeno creciente: el uso excesivo de las pantallas. En su opinión, la exposición continuada a dispositivos digitales favorece la búsqueda constante de gratificación inmediata y dificulta que niños y adolescentes aprendan a identificar y gestionar adecuadamente sus emociones.

“La dependencia de la validación externa y la comparación permanente pueden afectar seriamente al desarrollo emocional”, advirtió, al tiempo que reclamó una mayor implicación de las familias en la supervisión del uso de las tecnologías.

Formar a los docentes para afrontar nuevos retos

La directora del Máster en Educación Emocional de UNIR, Isabel Solana, subrayó que las necesidades actuales de las aulas son muy diferentes a las que encontraban los docentes hace apenas unos años. Por ello, defendió que la formación permanente constituye una condición imprescindible para responder a los nuevos retos educativos. “Cuando entras en un aula ves que las necesidades de los alumnos son muy diferentes. El desarrollo profesional continuo es constante”, explicó.

En su opinión, la educación emocional debe proporcionar herramientas prácticas para comprender cómo funcionan las emociones, interpretar las conductas del alumnado y diseñar estrategias educativas adaptadas a cada contexto. La neurociencia, la inteligencia emocional o la elaboración de programas específicos forman parte de unas competencias que ya resultan esenciales para cualquier docente.

Solana recordó además que el bienestar emocional no depende del nivel socioeconómico de los centros educativos. Aunque algunos colegios cuentan con más recursos o equipos especializados, finalmente es el profesor quien permanece diariamente junto al alumnado y quien necesita disponer de herramientas para actuar ante situaciones de conflicto, ansiedad o sufrimiento emocional.

Isabel Solana Domínguez, directora del Máster en Educación Emocional de UNIR.

La directora del máster incidió también en la importancia del autocuidado del profesorado. Atender diariamente situaciones complejas exige que los propios docentes aprendan a gestionar sus emociones y a prevenir el desgaste profesional, una cuestión que, según señaló, cada vez cobra mayor relevancia en los programas de formación especializada.

La coordinación entre educación y salud, una prioridad

Otro de los ejes del foro fue el papel que desempeñan las políticas públicas para reforzar la atención a la salud mental desde las escuelas. María Coronel explicó que el Ministerio de Salud desarrolla el programa Salud Mental en tu Cole, fruto de la coordinación con el Ministerio de Educación y basado en la Ley de Salud Mental del Perú.

La responsable del programa recordó que uno de los principales objetivos consiste en fortalecer las competencias socioemocionales de estudiantes y docentes mediante la presencia de psicólogos en centros educativos priorizados y la formación específica del profesorado en la identificación de riesgos y primeros auxilios psicológicos.

Según detalló, el programa trabaja actualmente con cientos de psicólogos que acompañan a docentes, estudiantes y familias, ofreciendo orientación, capacitación y derivación cuando se detectan situaciones que requieren atención especializada.

“El docente tiene que contar con herramientas para identificar señales de alarma y saber cuándo es necesario derivar cada caso”, explicó Coronel, quien destacó que el trabajo preventivo resulta fundamental para reducir el impacto de los problemas de salud mental desde edades tempranas.

La colaboración con las familias, un elemento decisivo

Más allá de las políticas públicas y de la formación del profesorado, los participantes coincidieron en que el bienestar emocional solo puede construirse desde una estrecha colaboración entre la escuela y las familias. Huarcaya insistió en que los padres continúan siendo los principales educadores de sus hijos y que el docente debe convertirse en un aliado, nunca en un sustituto, de esa labor.

La investigadora recomendó que los profesores conozcan mejor la realidad familiar de sus estudiantes, especialmente cuando detectan cambios de conducta, aislamiento o problemas de convivencia. En su opinión, disponer de información sobre la estructura familiar, los estilos de crianza o el contexto social permite comprender mejor el origen de muchas dificultades que posteriormente se manifiestan en el aula. “Los padres no pueden delegar en el maestro la responsabilidad educativa; pueden encontrar en él un aliado, pero nunca un reemplazo”, señaló.

María Coronel Altamirano, responsable del programa Salud Mental en tu Cole del Ministerio de Salud del Perú.

Desde su experiencia investigadora en zonas rurales, destacó además el prestigio que todavía conserva la figura del docente en muchas comunidades peruanas. Esa confianza facilita una relación cercana con las familias y convierte al profesor en una referencia capaz de orientar, acompañar y detectar situaciones de vulnerabilidad antes de que se agraven.

La tutoría, mucho más que un seguimiento académico

Uno de los mensajes que se repitió durante el encuentro fue la necesidad de reforzar el papel de la tutoría dentro de los centros educativos. Los expertos defendieron que estos espacios no deben limitarse al seguimiento del rendimiento escolar, sino convertirse en auténticos momentos de escucha y acompañamiento emocional.

Huarcaya recordó que una pregunta tan sencilla como “¿Cómo te sientes?” puede ofrecer mucha más información sobre el bienestar de un estudiante que una conversación centrada únicamente en sus calificaciones. A su juicio, dedicar tiempo a escuchar al alumnado permite identificar miedos, conflictos familiares, problemas de integración o dificultades emocionales que, de otro modo, pasarían desapercibidas.

En esta misma línea, Isabel Solana subrayó que los programas de educación emocional proporcionan recursos para diseñar actividades que favorezcan la empatía, la autorregulación emocional, la resolución de conflictos y el fortalecimiento de las relaciones dentro del aula.

La directora del máster de UNIR recordó igualmente que los docentes necesitan conocer las redes de apoyo disponibles en su entorno para saber cómo actuar cuando aparecen situaciones que requieren la intervención de otros profesionales.

Durante el coloquio también surgieron preguntas de los asistentes sobre la sobrecarga administrativa que soportan muchos docentes y la dificultad de dedicar tiempo suficiente al acompañamiento emocional del alumnado. Tanto Isabel Solana como Gloria Elena Huarcaya reconocieron que esa realidad existe y que la burocracia reduce, en muchas ocasiones, el tiempo disponible para la tutoría.

Sin embargo, ambas coincidieron en que la educación emocional debe integrarse dentro de la propia práctica docente y no entenderse como una tarea añadida. Para ello resulta imprescindible que las administraciones educativas continúen impulsando programas de formación y faciliten recursos suficientes para que los profesores puedan desarrollar esa labor.

Por su parte, María Coronel explicó que el programa Salud Mental en tu Cole contempla precisamente el acompañamiento técnico de los docentes por parte de psicólogos especializados. Estos profesionales ayudan a identificar necesidades, ofrecen retroalimentación y trabajan conjuntamente con los tutores para mejorar las habilidades socioemocionales del alumnado.

La responsable del programa destacó que ya se han alcanzado resultados relevantes en materia preventiva, con miles de estudiantes y familias que han recibido orientación y apoyo, aunque reconoció que el desafío continúa siendo enorme debido a la extensión territorial del país y al reducido número de profesionales especializados disponibles.

Educar para cuidar también las emociones

A lo largo del foro quedó patente que la salud emocional ha dejado de ser una cuestión exclusivamente sanitaria para convertirse en un desafío educativo y social. Los participantes coincidieron en que la escuela representa uno de los pocos espacios capaces de detectar precozmente situaciones de vulnerabilidad, generar vínculos de confianza y promover competencias emocionales que acompañarán a los estudiantes durante toda su vida.

La formación permanente del profesorado, el fortalecimiento de la tutoría, la coordinación entre los sectores de educación y salud y una mayor implicación de las familias aparecen como los pilares sobre los que construir una escuela capaz de cuidar no solo del aprendizaje, sino también del bienestar integral de niños y adolescentes. Como quedó reflejado durante el Foro UNIR, educar hoy implica también escuchar, acompañar y proteger.

Los mensajes principales de las expertas

Gloria Elena Huarcaya Rentería:

  • “La escuela se convierte en una primera línea de contención porque el profesor comparte muchas horas con sus alumnos, genera relaciones de confianza y puede detectar necesidades emocionales antes de que se conviertan en problemas mayores”.
  • “Si los hogares no brindan la seguridad emocional que los niños necesitan, la escuela debe convertirse en ese espacio de protección donde puedan sentirse escuchados, comprendidos y acompañados”.

Isabel Solana Domínguez:

  • “Cuando un docente entra en un aula descubre que las necesidades de sus estudiantes van mucho más allá del aprendizaje curricular, por lo que la formación permanente en educación emocional resulta imprescindible”.
  • “El bienestar emocional también exige cuidar a quien educa. Los docentes necesitan herramientas para gestionar sus propias emociones y afrontar con garantías los desafíos que encuentran cada día en el aula”.

María Coronel Altamirano:

  • “El docente debe contar con herramientas para identificar señales de alarma y saber cuándo un estudiante necesita el apoyo de un profesional especializado en salud mental”.
  • *”La coordinación entre educación y salud permite acompañar a docentes, estudiantes y familias desde una perspectiva preventiva, fortaleciendo las habilidades socioemocionales dentro de la escuela”.

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